El estudio “Efectos emocionales y conductuales de la pandemia por COVID-19 en los niños y niñas en la Región Metropolitana”, publicado en marzo por la Revista Chilena de Psiquiatría y Neurología de la Infancia y Adolescencia, evidenció el impacto que ha tenido la pandemia en la salud mental de los estudiantes.
Según esta investigación, los síntomas que más aumentaron durante este periodo han sido: estar triste (24,6%), falta de ganas incluso para hacer actividades que le gustan (29,5%), cambios en el apetito (26,4%) y problemas para dormir (26,4%). Los más frecuentes, en tanto, fueron irritabilidad y mal genio (71,9%), no obedecer (70,7%) y cambios en el apetito (72,8%).
Las consecuencias de una pandemia
A estas preocupantes cifras, consecuencia de la crisis sanitaria, se le suman las características de nuestra sociedad actual, caracterizada por la inmediatez. Nos movemos a un ritmo muy veloz, subsidiado por los avances en la tecnología y la globalización.
Hoy la comunicación es instantánea y, con la pandemia, ya ni siquiera tenemos que salir de nuestras casas para tener una reunión de trabajo o realizar alguna gestión que antes se llevaba a cabo de manera presencial.
Este ritmo ha provocado mayores niveles de autoexigencia, puesto que debemos rendir mejor y más rápido, producir en el menor tiempo y costo posible y cumplir una serie de multiroles tanto en el trabajo como en nuestro hogar.
En mi experiencia como psicóloga, he visto cómo muchas madres y padres, sin malas intenciones, han desarrollado una crianza exitista, presionando a sus hijos para que obtengan “los mejores” resultados en el colegio y poniendo expectativas idealizadas en ellos. Este sistema trae como consecuencia que se valore el resultado por sobre el esfuerzo, la dedicación y el compromiso.
Una dura exigencia en los niños
Lamentablemente este fenómeno, muy propio del mundo laboral, también lo ha instaurado el sistema escolar, pese a que desde el año pasado nos hemos tenido que adaptar a una “nueva normalidad” marcada por el confinamiento y cambios significativos en nuestras rutinas.
Los colegios continúan con sus planes de estudio y horarios rígidos, sometiendo a los alumnos a extensas jornadas donde pasan la mayor parte del tiempo sentados frente a un computador, con pocas horas dedicadas al bienestar, la distracción o la reflexión, prácticas tan necesarias para contribuir a su bienestar emocional.
En consecuencia, tenemos a madres y padres que, creyendo que es lo mejor para sus hijos, les exigen notas sobre 6.0, hábitos de estudio diarios y resultados académicos, marcado por un discurso constante y repetitivo que solo genera una desconexión tremenda con el aprendizaje, convirtiéndolo en un deber solo para cumplir.
Esta dinámica puede desencadenar problemas en la salud mental de los niños y jóvenes, como estrés, inseguridades y baja autoestima, ya que se acostumbrarán a ser valorados, validados y aceptados por su rendimiento y no por sus reales capacidades. También pueden desarrollar cuadros ansiosos, trastornos del sueño, bruxismo, baja tolerancia a la frustración, crisis de angustia y cuadros depresivos.
Preguntas para revisar la propia exigencia
Considerando estos impactos, es importante que los padres y madres tomen conciencia del problema que esto puede acarrear y salgan del “piloto automático” impuesto por el ritmo de vida actual. Junto con esto, hacerse cargo de los propios miedos y aprehensiones que alimentan la sobreexigencia hacia los hijos, con preguntas tales como:
- ¿Por qué le exijo tanto? ¿Qué es lo que busco al exigirle?
- ¿Cuáles son las expectativas que tengo con mi hijo? ¿Son idealizadas?
- ¿Qué significa para mí que le vaya bien en la vida?
- ¿Qué pasaría si dejo de sobreexigir y comienzo a centrarme en cómo se siente?
En complemento con estas reflexiones, es importante establecer espacios de diálogo y encuentro con los hijos, instaurando conversaciones respecto de sus propias opiniones, pensamientos y percepciones sobre el aprendizaje, su colegio, sus profesores y sus compañeros. Se puede así acceder a su mundo interno y, desde ahí, conectar con ellos, estableciendo tratos, acuerdos y ayudándolos a fijar metas conjuntas respecto de sus aprendizajes para mejorar su salud mental.
Columna publicada originalmente en FM Dos.