Las sanciones disciplinarias consisten en castigar a los alumnos producto de haber infringido alguna norma o regla al interior de un establecimiento. Se presentan a través de anotaciones negativas, trabajos o tareas escolares extras, suspensión de clases, notas rojas o expulsión de la sala.
Esta técnica surgió a principios del siglo pasado y comenzó a utilizarse primero en laboratorio con ratas, para luego ser aplicada en la crianza y también como método educativo en los colegios. La idea era poder establecer de qué dependía la modificación de la conducta de una persona. De esta manera, pudieron darse cuenta de que si aplicaban un castigo tras un comportamiento no deseado, este no se volvía a repetir.
El efecto de las sanciones disciplinarias en los niños
El uso excesivo de las sanciones disciplinarias tiene como resultado que los niños aprenden a regular su conducta por temor y no por la real comprensión del valor de la autorregulación. Es decir, solo “obedecen” porque los pueden retar, castigar, anotar o expulsar, y no por el beneficio que conlleva aprender, escuchar a los otros o estar concentrados en clases.
Una de las dinámicas que ocurre cuando se abusa de las sanciones disciplinarias es que los alumnos comienzan a acatar las normas de la clase solo con aquellos profesores que las aplican de manera constante. Por lo general suelen ser profesores con estilos autoritarios, que recurren a las amenazas y gritos como “llamados de atención”. Ocurre así una desvalorización de los profesores que tienen la intención de lograr acuerdos más democráticos de enseñanza.
Propongo otras maneras de educar que son más efectivas: por ejemplo, que los docentes enseñen a los niños a reflexionar sobre su comportamiento, mostrándoles las consecuencias de sus actos. De esta manera, desde la infancia generarán empatía con su entorno y desarrollarán su inteligencia emocional. También reemplazaría las sanciones por ejercicios de autoevaluación, diálogos, conversaciones, actividades reflexivas y reparatorias.
Así, cuando un niño no cumple con lo establecido, se genera una conversación con él para ayudarlo a evaluar su propia conducta y a que pueda ser consciente de los motivos que la causaron y sus consecuencias. Además, se permite que deba realizar alguna actividad, acción u otra iniciativa para “reparar” el daño causado, haciéndose cargo de manera activa de su error. Este hecho le otorga, al mismo tiempo, la posibilidad de corregirlo por sí mismo y empoderarlo.
Cómo cambiar una sanción disciplinaria por una mejor acción
De este modo, se trabaja en base a un proceso de autoevaluación que promueve la actitud consciente y lleva al protagonista a hacerse cargo de la solución:
- ¿Qué hice? ¿Cuál fue mi error?
- ¿Por qué lo hice?
- ¿Cuál fue la consecuencia?
- ¿Cómo puedo repararlo?
Estas preguntas pueden servir de guía para avanzar hacia un proceso más reflexivo y democrático en la regulación de la conducta al interior de los contextos escolares. Permiten así avanzar en el cambio del foco: uno que no se rija desde las consecuencias externas, sino que priorice y valore la capacidad de los niños para ser gestores de su propio cambio, siempre desde la confianza y la guía en sus capacidades.
Columna publicada originalmente en FM Dos.